Más de dos siglos han transcurrido  desde que un joven periodista y escritor, Mariano José de Larra, comenzara a acuñar el concepto de las dos Españas: “Aquí yace media España, murió de la otra media”.

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A finales del siglo XIX la generación del 98, con intelectuales de la talla de Miguel de Unamuno, Pío Baroja y Antonio Machado (“españolito que vienes al mundo, te guarde Dios, una de las dos Españas ha de helarte el corazón”), entre otros, fueron más allá al concluir como la causa de este enfrentamiento secular, el fracaso de nuestro País para evolucionar hacia la modernidad, todo ello basado en tres conceptos opuestos y antagónicos:

El primero, la oposición derecha/izquierda como una reacción del movimiento obrero a la incipiente industrialización del siglo XIX (“ la lucha de clases”).

El segundo, la oposición entre el catolicismo integrista y el anticlericalismo radical surgido en el segundo tercio del siglo XIX y acentuado por las Guerras Carlistas y la Amortización de Mendizábal.

El tercero, la oposición entre el centralismo y los nacionalismos periféricos en cuyo sustrato, no lo olvidemos, subyacen causas económicas por encima de las puramente identitarias (resentimiento frente a la inmigración a zonas industrializadas en el País Vasco y el nacimiento de la burguesía catalana que defendía el proteccionismo económico frente al liberalismo castellano).

Todos estos factores juntos confluyeron en 1.936 en una guerra civil en la que murieron cerca de un millón de compatriotas, seguida de una terrible y larga posguerra y una  dictadura de 40 años.

Pero por una vez, españoles de ideas e ideologías contrapuestas, antagónicas y aparentemente irreconciliables fuimos capaces de trabajar juntos en un proyecto común, dejando atrás el pasado por lograr un objetivo común y superior, a “esa vez” la denominamos “transición”  y dio como fruto una Constitución democrática y el mayor periodo de prosperidad económica que ha conocido nuestra historia, y ello fue posible gracias a la generosidad, a la altura de miras de políticos que supieron anteponer el interés de un país al de sus partidos políticos o a sus intereses personales, todos ellos liderados por una gran muñidor de acuerdos, un gran artífice de pactos y de consensos, un negociador incansable llamado Adolfo Suárez , cuya figura y relevancia se agigante con el paso de los años, que demostró la importancia de una fuerza centrada, capaz de dialogar con unos y con otros, capaz de servir de nexo de unión, de argamasa, de gozne, de elemento aglutinante entre las tradicionales fuerzas de la izquierda y la derecha españolas.

La desaparición de la UCD y posteriormente del CDS, la desaparición del centro político en definitiva, dio como fruto la implantación de un bipartidismo representado por dos grandes formaciones hegemónicas, PP y PSOE, cuya alternancia en el poder ha marcado las últimas décadas de nuestra historia democrática pero ha traído grandes males, a saber:

-.Una “profesionalización” y acomodamiento de la clase política, convirtiendo la política en una fin en sí misma y un medio de vida.

-.Un deterioro de las instituciones, algunas de las cuales se han ido paulatinamente vaciando de contenido, como por ejemplo el Senado o las Diputaciones provinciales.

-.Un crecimiento desmesurado de los casos de corrupción y del clientelismo.

-.Y,  lo que es peor, una vuelta a la polarización y a la radicalización de los españoles en bandos que, además de no corresponderse con la realidad, mucho más rica y compleja, lastra completamente nuestras posibilidades de progreso como país.

Por todo ello, debo preguntarme ¿para qué elegimos a nuestros cargos políticos?, ¿para qué ahonden en nuestros problemas o para que vean la manera de resolverlos?.

Al menos para mi, la respuesta a estas cuestiones es clara: no pago mis impuestos para mantener a unos señores empeñados en crear problemas donde no los hay, los pago para que solucionen problemas reales.

No dejo de sorprenderme cuando escucho que sería una vergüenza llegar a unas terceras elecciones consecutivas y, simultáneamente, esas mismas personas, defienden el inmovilismo de sus posiciones políticas, ¿cómo pretenden evitar una repetición de elecciones?. Le pese a quién le pese la única manera es negociar, es ceder, ser generosos, es en definitiva, olvidarnos y dejar a un lado todo lo que nos separa y centrarnos exclusivamente en aquello que nos une, que es mucho e importante.

En conclusión, los avances, los progresos de este país, no vendrán nunca por los extremos, nada bueno saldrá de la confrontación en la que llevamos inmersos más de dos siglos, los mayores logros de nuestra historia se han obtenido desde posiciones centradas, supeditando intereses particulares y partidistas al objetivo superior del bien común.

Decía el Canciller alemán Otto Von Bismarck que

la nación más fuerte del mundo es, sin duda, España. Siempre ha intentado autodestruirse y no lo ha conseguido. El día que dejen de intentarlo volverán a ser la vanguardia del mundo”.

Pues ya va siendo hora de que hagamos caso de este consejo del viejo y sabio Canciller y nos pongamos a trabajar, todos diferentes pero todos juntos, en lo que nos une.

Javier Álvarez
Autónomo y coordinador local de la agrupación de “Ciudadanos Partido de la Ciudadanía”.